Memorias de Eudora Welty

Eudora Welty escribió sus memorias (La palabra heredada. Mis inicios como escritora) a los 75 años de edad. A los 35 recibió los elogios de William Faulkner en una carta que decía «You’re doing all right» (Lo estás haciedo muy bien). La han situado en un mismo pedestal con Flannery O’Connors, Carson McCulllers y Katherine Ann Porter. que fue su mentora.

Por Ernesto Bustos Garrido

–La magistral escritora sureña (norteamericana) Eudora Welty, ganadora del Premio Pulitzer en 1973, nació en el poblado de Jackson, en Mississippi, el año 1909. Fue bautizada como Eudora Alice. Su casa materna, en la que vivió toda su vida, es hoy un museo.

–Falleció en Jackson (Mississippi) en el año 2001, a los 92 años de edad. Una neumonía fue la causa.

–Sus padres fueron Christian Webb Welty (1879–1931) y Chestina Andrews Welty (1883-1966), ambos de origen suizo. Tuvo dos hermanos.

La palabra heredada, editado por Impedimenta, recoge sus memorias.

–En este delicioso libro de memorias que Eudora escribió a los 75 años, los recuerdos de su niñez se vinculan a los comienzos de su carrera literaria, y se recrea en un mundo que ya no existe, con la sutileza y el ingenio que siempre caracterizaron la obra de ficción de la excepcional autora sureña.  En sus páginas están el sonido de los relojes, las altas montañas de Virginia Occidental, la madre independiente y enérgica y la emoción de lo que se rememora y nunca volverá.

–Cualquiera podría pensar que estas memorias destilarían el lenguaje pretérito de una abuela. Sin embargo, la escritura de Eudora a los 75 años de edad tiene la frescura de una azucena de primera comunión.

–Inicialmente, la obra fue concebida como un ensayo, a partir de tres conferencias que impartió en Harvard. Una vez publicada la obra, se convirtió en un auténtico bestseller en 1984, y se mantuvo durante meses entre los libros más vendidos de la lista del New York Times. Estamos, pues, ante una joya del género biográfico, recuperada ahora con las imágenes familiares de la edición original, y la mítica traducción de Miguel Martínez-Lage, revisada y corregida para la ocasión.

–Edudora Welty fue una lectora precoz. A los dos años se rodea de muchos libros. Su madre fue quien la incentivó a aprender a leer. Le gustaba conocer el significado de las palabras. Las anotaba en un cuaderno y luego las buscaba en un diccionario.

–Su madre le leía a Charles Dickens con unción, y Eudora llegó a pensar que mamá Chestina estaba enamorada de él y que el tal Dickens vivía escondido en el desván de la casa.

–Sus ojos y su mirada son como la lente de su vieja cámara de fuelle Kodak con la que fotografió los pueblos perdidos a orilllas del Mississippi, durante la Depresión de los años 30.

–Su corazón atrapa también las escenas y los personajes, de los pueblos perdidos, incluso sus emociones y sus estados de ánimo. Después todo esto lo traspasa al papel en limpio con una pluma tierna y vigorosa a la vez.

–Su familia provenía de West Virginia. Eudora herada esas raíces y esto marca ciertas diferencias con el estilo y la mirada literaria de William Faulkner. Ella desea, expresamente, marcar esas diferencias, aun siendo él su ídolo. No desea que la encasillen dentro de la «trouppe» que aglutinó a varios escritores norteamericanos que hablaron del “sur profundo”.

–Fue locutora de radio y trabajó un tiempo en una radioemisora.

–Ejerció la fotografía entre 1930 y 1949. Al año siguiente, en 1950, opta por ser escritora, exclusivamente. Deja olvidada su cámara, a propósito, en el metro de París.

–La fotografía fue para ella una clara forma de lenguaje. Sus pupilas guardaban los rostros, el sonido de las palabras y el aspecto de sus personajes, y los lugares donde se mueven.

Su primer libro editado en 1941 fue Una cortina como follaj. eFue su consagración. En un pasaje de «A curtain of green» (título en inglés) deja esta perla escritural: Las hojas duras como la superficie de un espejo, reflejaban el sol. Ahora la intensa luz cogía como unas pinzas, su torpe figurita con el viejo mono de hombre, remangadas mangas y perneras y la separaba de ls tupidas hojas, y le daban un aspecto extraño y amarillo, mientras trabajaba con el azadón, desgarbada, excesivamente vigoroso y desaliñada.

–Ganó el premio Pulitzer en 1973 por su obra «La hija del optimista«.

–Su primer cuento fue «La muerte de un vendedor viajero». «Death of a Traveling Salesman». 1936.

–Welty publicó su primer relato en 1936. En 1941 apareció el primer volumen donde recopiló sus primeros relatos; hasta 1955 publicaría tres libros de cuentos más, todos recogidos en el volumen «Cuentos completos» que publicó Lumen en 2009 con motivo del primer centenario de su nacimiento. Ese mismo año se publicó en Impedimenta «La hija del optimista», novela con la que obtuvo en 1973 el Premio Pulitzer. También en Impedimenta, Alfaguara, Cátedra, Anagrama y Siruela están publicadas el resto de sus novelas, como La novia del bandido (1942), la primera: Boda en el delta (1946), El corazón de los Ponder (1954) y Las batallas perdidas (1970).

La palabra heredada (Editorial Impedimenta, 2012) es el libro de memorias en que la escritora Eudora Welty repasa los recuerdos de su niñez y los comienzos de su carrera literaria. La palabra heredada ha sido una de las últimas traducciones de Miguel Martínez-Lage, prestigioso traductor fallecido en 2011 sin que le diera tiempo a revisar su trabajo.

–El libro La palabra heredada está dividido en tres apartados titulados “Escuchar”, “Aprender a ver” y “Encontrar la voz” y corresponden, más o menos, a tres etapas sucesivas de su infancia y adolescencia: la primera, profundamente marcada por los cuentos infantiles, la escuela  y las primeras lecturas serias, como Dickens;  a continuación, la etapa de aprendizaje marcada por los antecedentes familiares y la herencia recibida de cada uno de los ancestros; y una tercera en la que se narran las primeras incursiones en la escritura.

–Escribía solamente a máquina. La atracción de la montaña es una sensación tan difícil de explicar como placentera para quien la experimenta, y Eudora Welty, en poco más de cien palabras, la transmite a las mil maravillas.

–Dice: Necesité de la cumbre de la montaña, o eso me parece ahora, para procurarme una cierta sensación de independencia. Sentí como si descubriera algo no probado con anterioridad en mi corta vida, o como si lo hubiese redescubierto, pues lo relacioné con el sabor del agua que brotaba del pozo, junto con el reborde metálico que subía rebotando contra las paredes vivas de la montaña, ya que desde aquellas profundidades surgía lleno a rebosar, chorreando goterones brillantes como las estrellas bordadas en una cinta. Me apasionaba beber directamente del pozal. La frialdad, los manantiales remotos, invisibles, inauditos que habían ido a parar a mi boca, la fuerza del hierro que contenía el sabor y me acariciaba los carrillos, su olor a helecho; todo aquello, al tragar, me susurraba montaña, montaña, montaña. Cada sorbo me integraba en el entorno, me sellaba al lugar en el que me encontraba, con los pies desnudos plantados sobre la montaña, rociada de agua embelesada. Sentí que había ido allí a hacer algo que nadie podría hacer por mí.

–A los 35 años de edad recibió una carta de William Faulkner donde le dice: «You’re doing all right» (Lo estás haciendo muy bien). La desplegó por entero y corrió a pincharla en uno de los muros de su habitación.

–Por esa misma época ella ya había publicado Una cortina de follaje, La red grande y la novela corta titulada The Robert Bridegroom.

-Con frecuencia describe una sociedad sureña de hombres y mujeres blancos que viven en un mundo escrupulosamente ordenado, y donde la separación racial es muy estricta y por momentos brutal.

–Eudora murió a los 92 años de edad. Se llevó a la tumba el secreto sobre su vida sentimental. Nadie logró descorrer el velo de su intimidad. Se insinúa que fue lesbiana.

–La crítica Pilar Marín escribe en el prólogo del libro Las manzanas de oro: «Una vida como la de Eudora, resguardada, puede ser también una vida atrevida, porque todo atrevimiento procede de un interior».

–Diana Trilling afirmo lo siguiente a raíz de la publicación, en 1948, de Otras voces, otros ámbitos, de Truman Capote: «Desde la aparición de «Una cortina de follaje» de Eudora Welty, no ha habido otro ejemplo de tan deslumbrante virtuosismo literario».

–La escritora Katherine Ann Porter, su mentora, dice: “Los personajes de Eudora son como figuras encantadas, que para bien o para mal, están rodeados de un aura de magia. Pero esos pequeños monstruos no aparecen como caricaturas, sino como seres naturales y dignos”.

–Eudora escribió alrededor de 50 cuentos y cuatro novelas, donde mayoritariamente el Mississippi es el epicentro de su proceso narrativo.

–Conquistó el sol y el reconocimiento con sus dos primeros libros de relatos. Las novelas son completemtarias.

–Los personajes mujeres no salen de la cocina o del salón de costura, oprimidas por el denso entorno social del sur estadounidense, pero parecen normales. En sus pechos pueden habitar cientos de insatisfechas esposas o novias, sin rebelarse. ¿Cuántas Ema Bovary habría entre ellas?

–Eudora se dotó de un lenguaje metafórico técnicamente complejo y amplios registros. Ver el cuento «Clytie», publicado ya por Narrativa Breve.

–El crítico Roberto Saladigas dice: Junto a Flannery O’Connor son las grandes maestras del “relato gótico” sureño.

–Marvin Feldheim, catedrático de la Universidad de Harvard sostiene: Desde las primeras muestras, los relatos de Eudora Welty son definidamente poéticos y conmovedores; sus dos características principales son el brillante empleo del mito y del simbolismo y un humor desbordante.

memorias de Eudora Welty, La palabra heredada
Memorias de Eudora Welty

Tres citas de Eudora Welty

“No recuerdo un solo momento en el que no estuviera enamorada de ellos (de los libros): de los propios libros, de las cubiertas, de las encuadernaciones y del papel en que estuvieran impresos, de su olor y de su peso…”.

“El destino, cuando el tren está parado, se percibe solo como un sueño pretérito”.

“Mi literatura nace de una vida satisfecha, protegida. Una vida así puede ser, también una vida colmada de retos.  Y todo reto serio, ambicioso, surge ante todo de nuestro interior».


Ernesto Bustos GarridoAutor de la introducción: Ernesto Bustos Garrido (Santiago de Chile), periodista, se formó en la Universidad de Chile. Al egreso fue profesor en esa casa de estudios; también en la Pontificia Universidad Católica de Chile y en la Universidad Diego Portales. Ha trabajado en diversos medios informativos, televisión y radio, fundamentalmente en el diario La Tercera de la Hora como jefe de Crónica y editor jefe de Deportes. Fue director de los diarios El Correo de Valdivia y El Austral de Temuco. En los sesenta fue Secretario de Prensa del Presidente Eduardo Frei Montalva. En los setenta, asesor de comunicaciones de la Rectoría de la U. de Chile, y gerente de Relaciones Públicas de Ferrocarriles del Estado. En los ochenta fue editor y propietario de las revistas Sólo Pesca y Cazar&Pescar. Desde fines de los noventa intenta, quizá tardíamente, transformarse en escritor.

Memorias de Eudora Welty (fragmentos)

Traducción del inglés a cargo de Miguel Martínez-Lage

A la memoria de mis padres, Christian Webb Welty (1879–1931) y Chestina Andrews Welty (1883–1966)

Nota aclaratoria

*** La palabra heredada es la recopilación de las tres conferencias que Eudora Welty ofreció en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, para inaugurar el ciclo dedicado a Wlliam E. Massey, Con un estilo cercano, directo, autobiográfico, la escritora nos acerca a su infancia, a su famlia y a sus primeras lecturas. Texto entrañable a través del cual comprendemos la gran gratitud que siente la escritora por su familia y por el amor al trabajo y al estudio así como a la literatura que aprendió de ellos.

Mis agradecimientos

El origen de este libro se encuentra en las tres conferencias que pronuncié en la Universidad de Harvard, en abril de 1983, para inaugurar el ciclo dedicado a William E. Massey. Agradezco profundamente la invitación a la Universidad de Harvard y su curso sobre Historia de la Civilización Americana, así como los consejos y la comprensión de su profesor Herbert Donald. Agradezco también a Aida D. Donald, directora ejecutiva de la Harvard University Press, su amabilidad y paciencia durante la preparación de este libro. A Daniel Aaron, cuyas sugerencias sobre el rumbo y el tono que podrían tomar las conferencias me animaron considerablemente a escribirlas, quisiera expresarle mi particular gratitud. Jackson, Mississippi, 1983

Cuando era aún tan pequeña como para tardar mucho tiempo en abrocharme los zapatos por la mañana, volvía los oídos hacia el vestíbulo: en el primer piso, en el cuarto de baño, se afeitaba Papá, y Mamá, en la planta baja, freía el beicon. Comenzaban a silbarse el uno al otro por el hueco de la escalera. Mi padre silbaba su frase; mi madre lo intentaba con la suya, y luego la tarareaba. Era su dúo. Yo me abrochaba y desabrochaba los zapatos, y escuchaba: reconocía «La viuda alegre». La diferencia estribaba en que la canción casi levantaba el vuelo entre risas, mientras el disco gruñía desde el principio, como si el gramófono se hubiera quedado sin cuerda. La canción iba y venía entre ambos, subía y bajaba las escaleras, y en uno de los peldaños yo me preparaba para bajar a todo correr y enseñarles lo bien que me había abrochado los zapatos.

En nuestra casa de la calle North Congress, en Jackson, Mississippi, donde nací en 1909 como la mayor de tres hermanos, crecimos acostum -brándonos al tictac de los relojes. En el vestíbulo se alzaba un reloj de roble, de estilo misión, que propagaba sus campanadas —como un gong— por el cuarto de estar, el comedor, la cocina y la despensa, y a través de la tarima resonante del hueco de la escalera. A lo largo de la noche las campanadas se abrían paso hasta nuestros oídos; a veces nos despertaban a medianoche, mientras dormíamos al fresco, en el porche. En el dormitorio de mis padres otro reloj de mesa, más pequeño, le contestaba. Frente al silencio del reloj de la cocina marcaba las horas el cuco del comedor, cuyas pesas pendían de largas cadenas: de una de ellas mi hermano, tras encaramarse en una silla al aparador que guardaba la porcelana, colgó al gato durante un instante brevísimo. No sé si la familia de mi padre, emigrantes suizos llegados a Ohio alrededor de 1700, tenían o no algo que ver con esto, pero durante toda la vida nuestra mentalidad la dominó el tiempo. Esto debió de ser bueno para la futura escritora de ficción que latía en mí, capacitándome para entender de manera tan intensa, y casi en primer lugar, todo lo relacionado con la cronolo- gía. Se trataba de una de las muchas cosas beneficiosas que aprendí sin saberlo siquiera: allí me aguardaba, al alcance de la mano, para cuando lo necesitase.

Mi padre adoraba todos los instrumentos que sirvieran para instruir y fascinar. Los guardaba en un cajón de la «mesa de la biblioteca», en la cual —sobre sus mapas en- rollados— reposaba un telescopio de latón con el que mirábamos, desde el jardín delantero, la luna y la Osa Mayor después de cenar, y gracias al cual no faltábamos a las citas con los eclipses. Había una Kodak de fuelle que se utilizaba en los cumpleaños, las Navidades y las excursiones, y rebuscando en el cajón se hallaban una lupa, un caleidoscopio y un giroscopio protegido en una caja de bucarán negro, que solía danzar ante nosotros sujeto de un cordel. Atesoraba también un juego de rompecabezas compuestos de anillas de metal, de hebillas que se entrecruzaban y de llaves encadenadas que a sus hijos, por más paciencia con que encarásemos el reto, nos resultaban imposibles de deshacer; la suya era una adoración casi infantil por todo lo que implicase ingenio.

Con el tiempo, a una de las paredes del comedor adosó un barómetro que nunca llegamos a necesitar. Mi padre poseía la sabiduría exacta propia de los chicos del campo sobre el cielo y la climatología. Se asomaba al porche, de- teniéndose bien temprano en uno de los peldaños; echaba un vistazo y husmeaba el aire. Era un magnífico previsor del tiempo.

—Bueno, pues conste que yo no —admitía mi madre con enorme complacencia.

De niños nos enseñó a comportarnos si nos perdíamos en un lugar desconocido.

—Mirad al horizonte, a ver por dónde está el cielo más brillante —dijo—. Por allá estará el río más cercano y, si camináis hacia él, no tardaréis en encontrar algún lugar habitado.

Guardaba en la cabeza las eventualidades y los imprevistos. En su afán por cuidar de nosotros nos advertía que tomásemos medidas para prevenir tragedias tales como el rayo. Si se producía una de esas serias tormentas eléctricas, tan comunes en la zona en la que vivíamos, nos apartaba de inmediato de las ventanas. Mi madre, en cambio, se man- tenía al margen, burlándose de las precauciones como si translucieran una falta de carácter.

—¡Pero hombre, si a mí siempre me han gustado las tor- mentas! ¡Allá en Virginia nunca me preocuparon los vendavales! Escucha y verás. ¡Jamás me asustaron unos cuantos rayos y truenos! ¡Me encantaría subir a una montaña, ex- tender los brazos y correr bajo una buena tormenta!

Por todo esto desarrollé, otro rasgo más, una intensa sensibilidad meteorológica. En años sucesivos, al empezar a escribir relatos, la atmósfera desempeñó un papel fundamental desde el primer momento. Una conmoción de la climatología y los sentimientos despertados por tal perturbación estática se entrelazarían de forma dramática: mi primer intento lo protagonizó un tornado, en un relato titulado «Los vientos». 1

Desde las primeras Navidades, Santa Claus nos obsequiaba con juguetes que sirvieran para edudar a los niños y las niñas (por separado) en la construcción de objetos: bloques de piedra cortados como sillares para levantar castillos, juguetes de hojalata, mecanos. Papá nos fabricaba cometas muy elaboradas, y para volarlas caminábamos con ellas fuera de la ciudad, a un prado lo suficientemente amplio (y a mi padre no le asustaba que los caballos o las vacas nos mirasen) para que él echase a correr con un extremo del cordel mientras mi madre sostenía el huso y nosotros la cometa, que se estremecía entre nuestras manos, como dotada de vida propia. Eran cometas hermosas, recias, en forma de caja, que mantenían un delicado olor a cola de pegar durante sus fugaces vidas. Y, cómo no, en cuanto los chicos alcanzaron la edad, recibieron de regalo un tren eléctrico con una locomotora alumbrada por un faro del tamaño de un guisante, con sus vagones, sus agujas de las vías y sus semáforos, con su estación, su túnel y sus dos andenes.

1. «The Winds» («Los vientos») consta como uno de los primeros relatos es- critos por Eudora Welty. A pesar de que data de 1932, solo sería publicado al incluirse en su primer libro de relatos Una cortina de follaje (1941), que prologaría la mentora de Welty, Katherine Anne Porter, y que constituiría un gran éxito. El relato es una pieza narrativa que tiene como tema la iniciación femenina con el trasfondo de un tornado que asoló la ciudad nativa de Welty, Jackson, en el estado de Mississippi. (Salvo que se indique lo contrario, todas las notas son del editor.)

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Otros fragmentos de sus memorias

– Desde que tuve dos años de edad supe que cualquier habitación de nuestra casa, a cualquier hora del día, servía para leer, o para leer en voz alta a quien quisiera escuchar. A mi me leía mi madre. Me solía leer por las mañanas en el dormitorio grande, juntas las dos en la mecedora, que crujía acompasadamente mientras nos mecíamos, como si una cigarra acompañase el desarrollo del cuento. Me leía en el comedor durante las tardes del invierno, ante el fuego de carbón, y el cuento lo terminaba el reloj de cuco con su cucú, y me leía por la noche, cuando yo me acostaba. Creo que no le di un solo respiro. A veces me leía incluso en la cocina, mientras batía la mantequilla, y el sonido de la mano del mortero repicaba a la par que el cuento, cualquiera que fuese. (…).

Me asombró y decepcionó descubrir que los libros de cuentos los habían escrito las personas, que los libros no eran maravillas de la naturaleza que brotaran como la hierba. Con todo, ajena a su procedencia, no puedo recordar un solo momento en que no estuviera enamorada de ellos – de los propios libros, de las cubiertas, de la encuadernación y el papel en que estuvieran impresos, de su olor y de su peso y los cogía en brazos, como si los hubiese capturado y los poseyera, y me los llevaba a un rincón. Aún analfabeta, ya estaba lista para los libros, entregada a toda la lectura que pudiera darles.

Más fragmentos escogidos de «La palabra heredada»

– Cuántos descubrimientos me ha revelado la escritura de un relato; comienzan todos por algo particular, nunca por algo general. Surgen, sobre todo, a raíz de visiones retrospectivas: flechas que ahora descubro que he dejado a mis espaldas, que me han mostrado algún acierto, o algún error, en mi manera de actuar. Las enseñanzas de un relato no sirven de nada a la hora de redactar otro. Pero no es esa «disponibilidad» lo que busco realmente; lo que cada texto me proporciona es la libertad que me aguarda, la promesa de un nuevo inicio. Y, entre tanto, tal como me ha mostrado la mirada retrospectiva, existen en mi obra ciertas estructuras que se repiten, sin que yo alcance a darme cuenta. No habría modo de saberlo, pues cuando me embarco en la escritura de un relato no existe ningún otro en perspectiva. Cada escritor ha de averiguar por sí mismo, imagina, sobre qué extraña base descansan sus creaciones.

– Había escrito ya cierto número de relatos, más o menos encadenados, cuando adquirí la conciencia —con cierto retraso, eso es verdad—, de que algunos de los personajes de un relato eran los mismos —y es más: lo habían sido en todo momento— que ya había utilizado en otros relatos. Lo que pasaba es que había escrito acerca de ellos dotándolos de nombres diferentes, o había escogido distintos momentos de sus vidas, en situaciones aún no totalmente incardinadas las unas con las otras, pero casi. Parecía como si esos personajes estuvieran unidos por los cuatro costados. De ese modo muchos de mis cuentos se hallan relacionados (y ese hecho estaba oculto en ellos desde su misma concepción) por vínculos intensos: identidades, parentescos, relaciones o afinidades ya sabidas, o rememoradas, o prefiguradas…

– De un relato a otro, había conexiones entre las vidas de los personajes, nexos que tenían que ver con sus motivaciones o sus actos, o a veces con sus sueños, que respiraban ya sin que yo lo supiera; tan sólo necesitaba detectarlas. Ahora todo el conjunto —parte de él aún en el futuro— cae, por etapas, en cierta localización ya evocada, que de pronto entendí en tanto punto focal de todas las historias. Lo que unía a todos los personajes era un hebra común a todos ellos: vivían de una forma u otra en un sueño o en una forma de aspiración romántica, o sumergidos en una ilusión acerca de su propia vida, acerca del significado de esas vidas que, de pronto, tan íntimamente se relacionaba.»

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